Cada estación del año trae consigo tareas diferentes en una explotación ganadera extensiva. En primavera, los pastos se llenan de vida y el rebaño aprovecha la hierba fresca en su época de máximo crecimiento.
En verano, se controla el estado del campo para evitar riesgos de incendios y se cuida especialmente el acceso al agua.
El otoño trae nuevas pasturas tras las primeras lluvias, mientras que en invierno se refuerza la alimentación del ganado y se protege a los animales frente al frío.
Vivir en contacto con la naturaleza implica adaptarse a sus ritmos. Esa es una de las mayores riquezas del trabajo en el campo.